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La Coctelera

La Provi

Una familia de freakys

30 Junio 2007

Si ella me faltara

El viernes, al volver a casa después de pasar el día en el tanatorio, traté de dormir unas cuantas horas. Me costó bastante porque, entre vuelta y vuelta en la cama, sólo me venían a la mente dos cosas.

Una de esas cosas era una preciosa canción que comienza con la frase que le da título “Si ella me faltara alguna vez…” y termina con la sentencia, no menos hermosa, “… yo escribiría esta canción.”. No puedo escribir una canción que valga la pena oírse, pero Dios sí me ha regalado el don de escribir ciertas cosas que merecen un minuto de atención, porque es el propio corazón del lector el que le pone música a las palabras que torpemente agrupo. La canción habla de la situación en la que uno no quiere ponerse nunca, del momento no deseado, del instante odiado y que uno quiere lejos y, con la sentencia final, demuestra que lo inevitable llega tarde o temprano y por eso existe la propia canción. Y me falta, nos falta, la abuela Elisa, Elisa madre, nuestro centro del universo, de nuestra familia y, por qué no decirlo, del incontenible amor que como hijos o nietos le teníamos… le tenemos. Por su partida lloramos, nos dolemos y, sin embargo, deberíamos estar mirando a nuestra propia existencia como deuda con ella y motivo de alegría incontenible.

La otra cosa que rondaba mi cabeza el viernes por la noche era esa clásica frase “la calidad de una persona como ser humano es directamente proporcional al vacío que deja cuando se va”. Yo creo que esa frase es falsa por dos motivos: uno es que no nos deja vacíos sino llenos; el otro es que el dolor que todos sentimos no guarda proporción, ni directa ni inversa, con nada que hayamos conocido.

Puestos a recordar, recuerdo cuando Pablo y yo, después de ver un documental sobre el antiguo Egipto, decidimos momificar la casa de La Providencia porque deseábamos que durase para siempre… siempre… siempre… siempre. ¡Qué largo fían las cosas los niños! y qué corto se hace el “siempre” cuando uno tiene que mirar por encima del hombro en vez de hacia adelante. Aquella ocurrencia derivó en terribles exclamaciones de los tíos a la mañana siguiente, mientras una desternillada abuela Elisa recogía trozos de rollo de papel higiénico alrededor de la casa mientras decía “¡qué cosas tienen estos güajes!”. Para mí, ésa es la mejor descripción de su carácter.

Afirmo que la abuela Elisa, Elisa madre, era una persona moderna. En estos tiempos que corren, es triste, pero parece que se impone el argumento de que es más moderno salir del armario que presumir de cristiano y ella era la demostración de la falsedad del mismo: Se puede ser muy moderno y muy cristiano. Era… es una mujer de misa diaria que al salir de la Iglesia llegaba a casa, ponía la televisión y exclamaba “¡Viky, es flipante como está el mundo!” mientras veía las noticias. Era… es una persona que llenaba nuestros corazones con todo el cariño que poseía haciéndolos rebosar, llenaba de alegría todo lo que tenía alrededor con ese carácter maravilloso y… si te despistabas a la hora de comer, te llenaba el plato hasta desbordártelo porque así era ella, una mujer, una abuela, una madre generosa.

Mientras regresaba a Madrid en el coche, recordaba las muchas veces que ella había salido a la puerta a decirme adiós y a pedirme que fuera con cuidado. No encontraba consuelo al dolor que me embargaba mientras conducía, hasta que una lágrima me reveló el enigma para afrontar este después, ahora que ya no está: en cada uno de nosotros ha dejado algo. Sembró su semilla en sus hijos, ellos volvieron a sembrar en los nietos. En el corazón de cada uno de nosotros vive y vivirá un pedazo de ella. Es precisamente ahí donde reside el secreto, en ser recordado, porque el recuerdo no nos lo pueden robar, es nuestro, no nos lo pueden arrebatar ni el dolor, ni la tortura, ni la intención, buena o mala de nadie, ni la muerte. Es la impronta de la familia, es el amor que nos dio grabado en la memoria de cada uno de nosotros, es la vida que nos regaló.

Ahora, querida abuela, toda la familia, la que mantuviste unida, la que se mantiene unida contigo como pilar central de existencia, sale unida a la cuesta de la providencia y tus nietos, como guardia de honor te flanquean en el paseo final mientras te dicen adiós con la mano y te despiden, ahora que partes hacia el otro lado del Valle de Lágrimas, donde está todo el consuelo, toda la verdad y ya no hay más dolor. Cuídate abuela, y cuídanos.

Fernando Álvarez-Cascos Fernández-Escandón

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